Cuadrivio
de Mestre
Adolfo Castañón
A Ricardo Mestre (Cataluña 1906-México 1997)
lo conocí gracias a Héctor Subirats
y a José Luis Rivas quienes colaboraban
con él y con otros compañeros
(como A. Eyzaguirre y V. Molina) editando
una modesta revista de ambiciones provocadoras,
festivas y escépticas. Caos así
se llamaba alcanzó varios números.
Siete, si no recuerde mal donde, además,
de los mencionados se publicaron entre 1974
y 1981 ensayos y textos de Max Stirner, Cornelius
Castoriadis, Georges Bataille, E. M. Cioran,
Fernando Savater, Tomás Pollan, Agustín
García Calvo, H.L. Mencken, Claude
Lefort, Pierre Clastres, Luis Racionero, Jaime
Moreno Villarreal, Alfonso D'Aquino, Jan Kott,
Manifiestos Situacionistas y unos memorables
Poemínimos apócrifos de Efraín
Huerta cortesía del colectivo Caos,
entre otros materiales. En uno de los
últimos números estos buenos
amigos hicieron espacio para publicar algunas
de las sátiras que componen un libro
precoz, (como todos los míos), en parte
inspirado en el latino Juvenal y en parte
alentado por los bochornosos episodios circundantes
en México a principios de los años
ochenta.
Ricardo
Mestre Ventura tenía algo de corpulento
patriarca bíblico, una voz estentórea
y resonante como de guerrero troyano y una
mirada viva, benévola y traviesa. Llevaba
mucho tiempo en México, desde los años
cuarenta, adonde había llegado al término
de la Guerra Civil Española que, para
él, como para otros tantos anarquistas,
fue doblemente arriesgada. En un despacho
de la calle de Morelos, situado cerca de Bucareli
y del Café La Habana, en pleno corazón
del antiguo México político
y periodista, animaba y orientaba un grupo
de estudios libertarios; el sitio daba servicio
de biblioteca, se consultaban revistas extranjeras
afines y era, por supuesto, un punto de reunión
obligado para ciertos heterodoxos.
Aquel
lugar honesto y luminoso poco tenía
que ver con las covachuelas tenebrosas que
mi imaginación aderezaba alrededor
de los conjurados Demonios de Dostoievsky,
del evasivo Silvestre Lanza o de las biografías
de los atormentados mexicanos Ricardo Flores
Magón y Librado Rivera. La bondad incondicional
de Ricardo Mestre, su bonhomía de fondo
campesino y mediterráneo, su paternal
modestia corrían el riesgo de hacer
olvidar el peso de su experiencia vivida y
leída. Desconfiaba de la autoridad
en primer lugar de la propia y le gustaba
jugar a las ideas respetando las del adversario.
Cuando la charla se prolongaba, íbamos
a comer al Mesón del Cid, muy cerca
de su oficina pues a él le gustaba
asistir al espectáculo de mi paladar
aventurero mientras recordaba golosamente
sus peripecias en la Revolución de
1934 en Barcelona o despotricaba contra los
diversos y zurdos promotores de la violencia
armada como instrumento del cambio político.
A
Ricardo Mestre le debo además de muchos
buenos recuerdos, un cuadrivio de cuatro lecciones:
la primera es la lectura del doctrinario libertario
Rudolf Rocker y de su imponente Nacionalismo
y cultura, libro de cabecera no confesado
de más de uno; la segunda: una convicción
clara que para mi representó un
alivio y un descubrimiento de que se
puede (y acaso se debe) hacer política
fuera de los partidos, una actitud paralela
a la idea esa es la tercera lección
de que la sociedad puede prescindir de la
vigilancia y control de los gobiernos, que
las sociedades, provistas de una cierta educación
son capaces merced a la organización
y al Apoyo Mutuo (cf. Kropotkin)
de administrarse a si mismas sin demasiados
aspavientos (lo que de hecho ocurre en no
pocos lugares donde las cosas funcionan).
El corolario de estas ideas (cuarta lección)
es la idea (poco romántica y atrevidamente
estóica y epicúrea) de que la
cultura ha de ser instrumento de la felicidad
y la alegría, un agente de la Gaya
Ciencia y no de un enigmático terror
supersticioso fundado en infundadas reverencias.
Esta crítica al terrorismo alfabético
(del que yo había sido víctima
y del que me sentía en aquellos años
de contracultura no equívoco agente)
le abría las puertas del buen humor
y de una crítica implacable contra
las diversas formas de estupidez que amenizan
nuestra vida social con el pretexto de beatificarla.
Ricardo
Mestre era catalán y había en
él un antiguo caudal pagano, ese saludable
desprendimiento, esa irradiación de
tolerancia y libertad que acompaña
como una sombra soberana a algunos hijos industriosos
del antiguo Mar Mediterráneo. He encontrado
en un escritor inglés, Norman Lewis
en su libro Voces del viejo mar, unas
frases que me recordaron no poco a ese Mestre
que tuvo algo que ver con la organización
de los pescadores en aquellas épocas
del breve verano libertario: "En lo más
profundo de mi corazón dice uno
de los personajes de aquel pequeño
pueblo de pescadores en Cataluña
apoyo la noble filosofía del anarquismo.
Permítame que le explique en que consiste
el anarquismo. Nosotros los anarquistas nos
oponemos a la intervención del Estado.
Podemos cuidar de nosotros mismos, construir
nuestras casas, hacer nuestras carreteras,
enseñar a nuestros hijos todo lo que
necesitan, saber. ¿Para qué
necesitamos al Estado" (Lewis, Op. cit.
p. 95). Mestre, desde luego, estaba consciente
de la necesidad de reformar nuestras sociedades
pero también estaba consciente de la
necesidad de reformar el entendimiento que
tenemos de su historia política y cultural.
Aunque era muy inquieto, no compartía
la idea de practicar esa reforma por la vía
armada ni mediante los llamados a la toma
violenta del poder. ¿De qué
servía tomar el poder si lo más
importante y valioso de la creatividad humana
sucedía en sus márgenes? Las
tesis de Rudolf Rocker expresadas en Nacionalismo
y cultura (por cierto una obra memorable
pero ya fechada y que sería imperioso
actualizar) eran bastante explícitas
a ese respecto: el Estado aparece ahí
antes como una máquina de expropiación
cultural que como un instrumento de creación
como una máquina de captura para
acudir a la jerga acuñada por Deleuze/Guattari.
Otra lección crítica de Rocker
concernía al nacionalismo. ¿Podía
hablarse seriamente de una cultura nacional
sin incurrir en grotescos pregones racistas
ni ensalzar a esas corporaciones de copistas
agazapados en las instituciones?
La
postura crítica de Ricardo Mestre ante
los movimientos políticos organizados
por la violencia, su inagotable curiosidad
intelectual y su aptitud para irse dejando
leer cada día por la historia escrita
en los periódicos hacían de
él una figura popular entre los jóvenes
heterodoxos (intelectuales o no). A diferencia
de otros emigrados españoles en México
a quienes la derrota de la República
parecía haber dejado en la boca agrios
resabios, Mestre desprendía una facundia
y jovialidad excepcionales (no es que no conociera
algunos problemas, pero tenía el poder
de los fuertes y, por ejemplo, no le gustaba
dar demasiada importancia a su paso por el
campo de concentración de Argelés).
La derrota, parecía decir, fue de los
ejércitos; la lucha por las ideas sigue
y seguirá. A sus ojos uno de los signos
de la amistad era la eficacia: le encantaba
conseguirte un libro que no hubieses encontrado,
un dato de difícil acceso y nada agradecía
tanto como una ayuda discreta y oportuna,
por ejemplo el préstamo de la Historia
del socialismo de Jean Juarès.
La idea de la acracia, del impulso libertario
entendido como un proceso progresivo de emancipación
de la autoridad instituida no dejaba y
no deja de parecerme una pendiente saludable
en un universo como el nuestro (hispánico,
hispanoamericano y mexicano) en que la bendición
de la autoridad central (antes Papal) parece
ir y va muchas veces antes que el
bienestar y la salud de los bendecidos. Tanto
más saludable cuanto que esa dependencia
de los funcionarios (públicos y privados)
de toda índole lleva a la circunstancia
ubicua de que todo parece haber sido inventado
menos para la comodidad o beneficio de los
usuarios que para el bienestar y tranquilidad
de los administradores. Ricardo Mestre supo
infundir en muchos de sus jóvenes y
no tan jóvenes amigos, por ejemplo
Enrique Krauze o Alan Derbez, la idea de que
la Reforma del Estado pasa por una Reforma
Radical del Entendimiento que de Él
tenemos: que no debemos esperar tanto de las
máquinas burocráticas ni menos
vivir en las ascuas permanentes de una crítica
resentida a las academias e instituciones
y que acaso sea mejor aproximarnos al futuro
simple y sencillamente, siendo prácticos,
ejerciendo esa forma de misericordia encubierta
en el antiguo sentido común. Por alguna
de esas razones, ante Ricardo Mestre uno se
sentía invariablemente más viejo
que él, como ha recordado oportunamente
Gabriel Zaid. Saludable desde joven, contaba
que durante la Guerra Civil cambiaba a los
milicianos los cigarrillos y el alcohol de
la ración cotidiana por embutidos y
conejos. A diferencia de muchos de sus espectrales
partisanos, terminó la guerra con la
risueña corpulencia que ya para siempre
fue suya.